Institucional

10 de setiembre de 2025

Magdalena García Trovero

El jueves 28 de agosto, la Dra. Magdalena García Trovero —médica, especializada en psiquiatría pediátrica— se reunió con Direcciones y Coordinaciones para continuar la formación iniciada el mes anterior. El tema fue la comprensión, la prevención y el abordaje de infancias y adolescencias dañadas por las violencias.

La profesional señaló que, en los últimos tiempos, la negligencia en los cuidados, el abandono y la fractura de los vínculos presentan más visibilidad en todos los ámbitos sociales. Los hechos recientes de extrema violencia en nuestra sociedad refuerzan la relevancia del tema elegido para este ciclo. Destacó, además, que la rebelión más poderosa reside en el pequeño gesto que cada persona puede realizar. En este marco, la Escuela funciona como agente protector en sentido amplio.

Para comprender la cuestión resulta fundamental recordar el planteo del Dr. Jorge Barudy: «La mente infantil emerge de la interfaz entre las experiencias relacionales de un niño con sus cuidadores y la estructura y funcionamiento de su cerebro». Los buenos tratos y la certeza de protección sintetizan las responsabilidades parentales y sociales necesarias para «proveer espalda».

Nacemos con un cerebro inmaduro y desorganizado que llega a las manos de los cuidadores, quienes lo guían en su organización jerárquica: primero sobrevive, luego siente y, finalmente, piensa. Este proceso se construye a través de sinapsis, redes y circuitos. En ambientes favorables, el cerebro se desarrolla y «florecen las mariposas del alma» (Barudy). Todos nacemos equipados con recursos biológicos, psicológicos, sociales y espirituales para enfrentar las buenas y las malas experiencias.

La Dra. García Trovero explicó que existen diferentes grados de estrés y trauma: experiencias vitales estresantes, estrés intenso o sostenido, y estrés crónico o tóxico.

Una mudanza, los exámenes, la separación no conflictiva de los padres o duelos no complicados son experiencias vitales estresantes. Estas situaciones no generan trauma, sino que preparan a la persona para la vida y actúan como una terapia de exposición.

El estrés intenso o sostenido ocurre cuando la situación persiste en el tiempo. Los desastres naturales, las separaciones conflictivas, las migraciones, las muertes violentas, los accidentes o las enfermedades dolorosas son ejemplos de un tipo de estrés que puede convertirse en una experiencia traumática y que requiere intervención.

Por su parte, el crónico o tóxico se produce cuando la situación estresora se mantiene en el tiempo, tiene gran magnitud o se vive sin un cuidador protector. La respuesta fisiológica puede derivar en estrés tóxico o disestrés (Shonkoff), con niveles permanentes de adrenalina y cortisol. Sus causas incluyen negligencia, violencia intrafamiliar, maltrato o abuso sexual crónico. En estos casos, el estrés crónico provoca graves trastornos en el funcionamiento de la mente infantil, con consecuencias para la vida adulta y la parentalidad.

Cuando el crecimiento de un niño ocurre en un contexto de múltiples experiencias traumáticas sostenidas en el tiempo y coincide con fallas en el sistema de apego, los sistemas adaptativos fallan. Aparece una sintomatología múltiple que compromete varias áreas del desarrollo, configurando un cuadro clínico denominado Trastorno Traumático del Desarrollo (van der Kolk, 2009). Este diagnóstico ayuda a comprender situaciones de desregulación afectiva, fisiológica, atencional, conductual y relacional, con síntomas postraumáticos que persisten más de tres meses y afectan el funcionamiento en todos los ámbitos.

Un abordaje integral de las situaciones de violencia en la infancia requiere prevención, detección oportuna, intervención adecuada, reparación del daño y seguimiento. La prevención es clave y debe incluir buen trato, educación sin violencia y el desarrollo de fortalezas en niñas y niños.

Los factores protectores que favorecen la resiliencia actúan como un «escudo protector». La profesional destacó como factores protectores clave: el amor y la aceptación incondicional de al menos una persona, el desarrollo del sentido de trascendencia y la capacidad de visualizar «algo por lo cual vivir», una adecuada autovaloración y el reconocimiento de alguna aptitud valorada por el entorno. También subrayó la importancia de un sentido del humor saludable, una educación afectivo-sexual vinculada al afecto, la habilidad para reconocer y nombrar las emociones, así como la capacidad de resolver problemas y encontrar estrategias de salida. Finalmente, mencionó la identificación de redes sociales de apoyo fuera de la familia y el reconocimiento de que existen adultos que cuidan y otros que no.

Todos podemos ser sensibles al trauma psíquico y generar ambientes protectores. Desde el lugar que ocupamos, se puede incidir para generar cambios. Ser sensibles y promover espacios de buen trato marca la diferencia, porque siempre podemos dejar huellas, resumió la Dra. García Trovero.

 

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Créditos: Centro de Recursos para el Aprendizaje (imágenes); Mag. Gabriela Cabrera Castromán (texto)

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